Historias de expatriadas: Una española en Ámsterdam

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Los inicios

No tenía más de 12 años cuando tuve el primer encontronazo con ese vehículo infernal. Era azul y plateada y a pesar de haber soportado ya mucho culo inquieto infantil y de estar empapelada de cromos de Oliver y Benji, a mí me parecía la Harley Davidson de las bicicletas. Solía cerrar los ojos e imaginarme que viajaba en una moto conducida por cualquier Backstreet Boy random (cambiaba de apetencias con una frecuencia alarmante), con el viento jaleándome el pelo y el susodicho sometido a la presión de unos pechos generosos que por aquel entonces no habían hecho ni el más mínimo atisbo de aparecer.

Con semejantes hábitos fantaseriles entenderéis que tuvo que pasar. En plena incursión kamikaze en la bajada de una colina me di cuenta de que los frenos no respondían y me preparé para la inminente caída. Tan bien no me prepararía porque la colisión fue épica y a día de hoy todavía le digo a mi madre que aquella tarde me rebotó el cerebro. Además de unas semanas de revolverme en la silla del colegio, la consecuencia fue que una de las piedrecitas del camino se me quedó incrustada en la rodilla y no hubo manera de sacarla. Pero como no hay nada tan atractivo para un pre-adolescente que una deformidad así de bizarre, mis amigos del cole me exhibieron con orgullo y muy pocos escrúpulos à la mujer barbuda (y muy desencaminados no iban, que por aquel entonces ya había hecho aparición el vello corporal orangutanesco que me acompañará para los restos).

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No fiets, no fiesta

Así que cuando 15 años después un holandés de ojos verdes me dijera “kom met me mee, brunette” (algo así como “vente conmigo, morena”), yo lo tenía claro: PERO DE BICI NI HABLAMOS (“fiets niet, fiets ni de coña” en holandañol). Una cosa era dejar atrás mi familia, mis amigos todo lo que conocía y quería y otra muy distinta montar en bici. QUE NO.

Pues sí. No sé cómo pasó pero poco después de llegar a Ámsterdam me descubrí a mí misma buscándome una bici. La cosa pintaba mal porque parece ser que soy bajita. Entendedme, culturalmente bajita. Porque yo en mi país no tengo ningún problema, pero lo de saltar para verme en los espejos de las tiendas de cosméticos o tener que auparme en los WC me había dejado con la mosca detrás de la oreja. La culminación de todas mis sospechas llegó cuando llamé a un vendedor de bicis de segunda mano y éste, al saber mi estatura y con la crudeza que caracteriza  a los holandeses, me dijo literalmente: “en este país no hay bicis para ti, tendrás que comprarte una kinderfiets”. Y una stront como una kathedraal. Creo que le grité al descuartizador de bicis (y de ilusiones) algo así como “DÉJAME VIVIR” y seguí adelante con mis aparentes limitaciones métricas.

Hasta que Maromo me llamó eufórico para decirme que había encontrado una bici de segunda mano a mi medida y que esa misma tarde nos pasábamos a comprársela a un tal Manolo. Era perfecta. Era fea (a prueba de robos), pequeña (culturalmente, se entiende) y sobre todo no tenía el terriblemente extendido freno en los pedales (¡pero qué invento diabólico es ese!). El tal Manolo resultó tener rasgos de muy por debajo de los Pirineos y no hablaba ni una sola palabra de español (medio turbio). Nos citó en un edificio pero salió de un parking (sospechoso). Nos dijo que era suya pero era una bici inequívocamente de chica (huele a choto). Yo, que soy muy almodovariana y que desde que emigré tengo la ética algo distraída, desoí los lloriqueos de Maromo (“que comprar una fiets robada está muy mal visto”, buaaabuaaabuaaa) y cerré el trato poniéndole al tipo un billete de 50 en la mano. “Esto no es lo que acordamos pero es que el asunto canta que no veas”, le dije mentalmente yo con una mirada cargada de intensidad. “Nos veremos en el trullo o en el infierno”, pareció decirme él con la suya.

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Lo que se viene llamando un buen pedal

Con mi deformidad todavía muy fresca en mi memoria (y afortunadamente no en mi rodilla, que la piedra acabó absorbiéndose o vete tú a saber qué) le pedí a Maromo que me llevara a algún sitio apartado a dar mis primeros pedaleos. ¿Dónde me llevó? Pues a la única cochina montaña de toda Holanda. Mucho sudor y muchas amenazas de divorcio después ya estaba preparada, cualquier día salía a pedalear por la ciudad.

El día llegó y a mí me esperaba a 20 minutos de casa una de esas amigas fugaces que haces al principio de emigrar y que se van tan rápido como llegan. Ignorando mis lloriqueos con el estoicismo que le aporta el ser de un país en su mayoría bajo el nivel del mar, alto y guapo, Maromo me sentó en la bici y me empujó los primeros metros hasta que volé sola. Y fue bastante literal.

Quizás fuese la media botella de vino que nos acabábamos de finiquitar o quizás que todavía me aturdía la paleta de colores utilizada en la decoración del pisito de soltero de ese terrorista del pantone que es Maromo (magenta y naranja, MAGENTA Y NARANJA), pero el caso es que cuando parecía que me venía arriba me comí el suelo como entrante, plato principal y postre. En el primer semáforo. Llegar y besar el suelo. Pero mi escarnio no acaba ahí, lo más alarmante fue que me caí en los mismísimos pies de una pareja de policías quienes, haciendo gala del amebismo sosiego del que adolece todo ciudadano de Ámsterdam, me miraron y siguieron con lo suyo. Yo, que un mes antes me enorgullecía de haber sometido satisfactoriamente a un bullying a una pareja de policías que se había atrevido a detener mi tranvía cuando llegaba a mi cita inaceptable(y cultural)mente tarde, les grité algo así como ESTOY BIEN, GRACIASSSSS. Desde el suelo. Y un poco alterada.

Me levanté con la poca dignidad que me quedaba ante la mirada atónita de la politie, me auto infligí un sana sanita culito de rana en mi malogrado trasero y arrastré mi bici al cine cual Sancho Panza caído en desgracia. Para dos horas después arrojarme a los brazos de Maromo y prometerle que nunca jamás en la vida volvería a tocar ni con un palo semejante engendro del diablo, claro.

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Pues ahora no caigo

Mucho ha llovido dese entonces (literal), pero en mi vida hay una constante: cada mañana me levanto deseando que alguna alma caritativa me haya robado la bici y cada mañana descubro que sigue allí, soberbia, altanera, holandesa. Después de haber conquistado la lengua (o algo así), un mercado laboral medio hostil, una familia política tan cálida como unas Navidades en Friesland y unas cajeras de supermercado con una mala leche épica, mis allegados siguen pensando que la bici es mi asignatura pendiente en este camino agridulce y de autodescubrimiento que es la integración. Y yo me carcajeo mientras pienso en eso desde el asiento trasero de la fiets de Maromo, contemplando el perfil de esta ciudad ridículamente hermosa y poniéndole ojitos al verle pedalear y sudar la gota gorda para llevarme allá donde vayamos.

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18 comentarios en “Historias de expatriadas: Una española en Ámsterdam

  1. Ay, si yo te contara… si quieres, lee mi desventura bicicletil en la entrada de meinemamamemima del 4 de marzo (“Las bicicletas son para el verano”, en la sección “alemanadas”). Me consuela saber que no soy la única que necesita una Kinderfahrrad porque el sillín de las de tamaño “normal” le llega al sobaquillo. Sigo buscando (bici pequeña y valor para reempezar), que aquí canta mucho no saber, pero chica, pasar de bici en Amsterdam sí que tiene mérito, ¡te mereces un monumento!

    • Creo que en el monumento saldría abroncando a un biciclitero, que aquí en Holanda son seres hostiles y se me disparan los niveles de cascarrabiasismo. La verdad es que se me van acabando las excusas (“ay, pero si tardo más en poner y quitar el candado que en llegar al sitio andando”, “uy con lo que llueve, ya sabes que mis defensas no son lo que eran”, “y tener que pasar la bici en el ferry? Un rollo”) y se me ve el plumero, igual sería más fácil fingir un robo y tirarla al canal…
      Me he leído tu historia y me he reído muchísimo con la pareja que preguntó si conducir sí podías, jajajaja! Si te abres un blog yo te leo 🙂

      • Uy, un blog yo… espinoso tema, vive Dios! No eres la 1ª que me lo dice, pero mi torpeza informática es máxima, y encima los elementos (o aparatos vetustos) están contra mí. Aunque nunca se sabe.

        Por cierto, que estuve hace un par de años en tu ciudad de adopción y si aquí odio a los ciclistas, ahí mi odio se disparó por las nubes, ¡qué barbarité, están en todas partes y pasan por encima de cualquier viandante que se les cruce en su camino! Aquí pasa un poco igual, sobre todo con los abuelos (el 80% antiguos miembros de las Juventudes Hitlerianas, me temo), son los amos de la calle y si les pillas encima tienes tú la culpa.

        Nena, te dejo que tengo que duchar a los nenes, ¡ha sido un placer encontrarte!

      • Un placer que me encontraras! Y si no quieres meterte en un jardín 2.0 yo siempre estaré aquí para hacerte una proposición indecente y que me “guestbloguees” tu historia. Ahí lo dejo (no es verdad, porque seguiré insistiéndote). Un beso enorme desde tu oeste!

    • Oooooooh, muchas bedankts!!! Ya te he cotilleado un poco el blog y vaya artes crochetiles que te gastas (yo tengo el kit principiante muerto del asco, cualquier día de estos desenfundo el Youtube y me pongo a re-aprenderlo todo). Aparentemente no tengo ni pajolera idea de cómo seguirte, pero en cuanto encuentre la manera lo hago! Un besote!

  2. OOOOOHHH NOOO!!! Se me ha acabado el blog!! Me lo he leido enterito esta mañana y me ha sabido a poco, claro!! Me quedo por aquí para Seguir leyéndote. Yo tuve un choque parecido en Alemania porque aún de Erasmus sólo viví con alemanes y bueno, lo de la bici es otro rollo tanto montarla como evutar morir atropellada. Besote te veo en tuiter 😉

  3. Jaja, me ha encantado la entrada!

    Y escribo para decirte que tengo el mismo problema que tú: las bicis para mujeres en este país son enormes (en altura), y yo que no paso del 1,65, pues como que no.. Así que sigo sin bici porque no he conseguido encontrar una a mi medida sin que sea de niño.. ejem…

    Al final tendré que ir a uno de esos famosos mercadillos de domingo donde venden bicis… O seguir buceando por 2dehands.be … aysss

    • ¿Que no pasas del 1,65? ¡¡Yo no llego ni de cogna al 1,60!! Me parece que me voy a pillar la vieja de mi niño y me da igual que se note, el caso es intentallo, no? Ayyy….

      • Me parece que es la única opción que nos queda, agenciarnos una kinderfiets y que nos importe un pepino nórdico lo que piensen los demás. Y en el peor de los casos siempre podemos decir que somos leprechauns y que no pensamos decirles dónde escondemos el cofre con las monedas de oro…

  4. Si te sirve de consuelo, tuve una amiga que se fue de vacaciones a Amsterdam, intentó lo de la bici y le pasó lo mismo que a ti… Solo que ella se hizo una herida en cierta zona “muy sensible” y tuvieron que darle puntos. Imagina el momentazo.

    Yo pasé una semana de vacaciones en Suecia, con un amigo que llevaba allí todo el año de Erasmus. No me quedó más remedio que seguirle a todos lados en bici, el en plan “Perico Delgado” y yo como un niño aprendiendo por primera vez. Al cabo de unos días, creyendo que ya lo tenía dominado, intenté contestar al teléfono sin parar la bici (tal y como el hacía a diario varias veces). Obviamente, según descolgué me fui al suelo… muy digno todo. 🙂

    Paciencia y práctica, digo yo que se acaba dominando!

    • JAJAJAJAJAJAJAJA, no me puedo creer lo de tu amiga! Y lo que todavía me cuesta más creer es que no me haya pasado a mí… creo que hasta molaría, le enseñaría la cicatriz a todo el mundo y diría que había pasado por una operación de cambio de sexo…
      Aquí he visto hacer de todo a la gente sobre una bici: mandar un sms, leer el periódico, tomar café, pasear al perro, arrastrar una maleta… En fin, debe ser algo que los nórdicos tienen en los genes y que a los españolitos nos falta. Eso sí, al pequeño baba ganoush que tienes el horno le tienes que enseñar bien para que pueda venirse aquí a hacer un Erasmus 😉

  5. Pues yo en ámsterdam me quedé sin frenos en una mierdicuesta bajando un puente… Me salté un semáforo y acabé (de verdad) debajo de un tranvía, también delante de la sempiterna pareja de policías. Los míos no se quedaron callados. Uno de ellos, junto con el conductor del tranvía, se pasó cinco minutos gritando que me había saltado el semáforo y que si me hubiera pasado algo me lo hubiera merecido. El otro policía se limitó a preguntar si quería ir al hospital. Eso sí, ni perri se ofreció a ayudarme a levantarme ni a sacar la bici de debajo del tranvía…

    • Por el amor de Gouda, vaya historia! Yo siempre hago bromas con que la voy a palmar como Gaudí, aplastada por un tranvía, pero la combinación tranvía-bici siempre me ha dado muchísimo canguelo (no me parece ni medio normal que el ancho de las vías corresponda exactamente al ancho de la rueda de una bici, si por accidente se te mete dentro la cagaste pero bien).

      Espera, con lo de reincidente quieres decir que has vuelto a las Nederlands? Si es así, mi más sincera admiración 🙂

  6. Pingback: Hasta que me alcancen las palabras… | Expatriadas

  7. Pingback: Elogio de la sanidad española (post pseudo-serio, larguísimo y cargado de lenguaje explícito) | Expatriadas

  8. Me suena todo 😉 Los 3 años que llevo en Alemania me los he pasado poniendo excusas para no comprarme una bici (que si es mucha pasta, que son feas y yo quiero una Holländer, que su blablabla), y habian colado, pero este año el Weihnachtsmann (usease Papa Noel) me ha traido una Holländer roja preciosa…a la que hay que bajarle un poco el sillin, natürlich… Menos mal que el maromen, viendo lo que se puede avecinar, me ha dicho que primero tendre que practicar un poquito…jajaja

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