La picaresca holandesa, o la absoluta inexistencia de la misma

Yo ya sé, desde antes de tenerlos, que a mis hijos les matarán a collejas en el colegio. A poco que saquen la sensibilidad, la ternura, los modales y la costumbre de hacer pis sentado de Maromo, no me van a pasar el corte de la selección natural en un cole español.

La primera vez que me Maromo me dijo que había ido a un “colegio especial” se me levantó una ceja hasta casi la nuca. La realidad que descubrí entonces fue mucho peor de lo que había maquinado mi mente retorcida: cursos de costura y cocina, jardinería colectiva, concursos internacionales de coros, prácticas en una granja, clases de cuidados de bebés. Para maromos. En serio.

Y yo, que cuando peso la fruta en el súper levanto levemente la bolsa y soy capaz de establecer una amistad espontánea con alguien de los primeros puestos de una cola para ahorrarme la espera, me siento en este país como en la rehab de la picaresca. Porque en mi primera incursión shoperil, cuando fui a pagar una camisa a la que le faltaba un botón y traté de conseguir un descuento la dependienta se escondió detrás del mostrador y Maromo se llevó las manos a la cabeza. Y no creáis que no me doy cuenta de que cuando entro en un tranvía a la española (vamos, con los codos) se crea un perímetro de espacio personal a mi alrededor del tamaño del Canal de Suez (tengo la teoría de que en cualquier andén de cualquier ciudad del mundo los primeros en poner un pie en el tren son siempre españoles, fijaos). Y desde luego aún recuerdo la cara de “aquí huele a pedo” que me puso la directora de Recursos Humanos de mi primer empleo cuando le pregunté si había alguna manera de pagar menos impuestos (entendedme, un 50% con una sanidad de pago mosquea y bastante).

En el año y medio que llevamos cohabitando en Ámsterdam hemos encontrado una especie de equilibrio hispano holandés: yo he dejado de intentar conseguir cosas gratis a todas horas y a él ya casi no le bizquea un ojo cuando le explico que yo en mi ciudad me saco cervezas con una sonrisa o una caidita de pestañas. Pero hay un tema que me irrita muchísimo. La-cochina-cartulina-del-parking.

El trasto del demonio

El trasto del demonio

Porque aparentemente vivimos en un barrio tan bonito y tan histórico que no puedes dejar tu coche más de 2 horas no vaya a ser que le entre el Stendhal. Y para regular el tiempo que llevas aparcado te dan compras una cartulina azul con un reloj en el que tú, todo holandés y honesto, debes indicar a qué hora has llegado. Mis “qué más dará una hora arriba o una hora abajo” no han dado el más mínimo fruto y Maromo sale de casa religiosamente cada dos horas para hacer girar la ruedecita. Que cuando estás en el momento cúspide de Juego de Tronos (cualquiera en el que salga Jon Snow con algo ceñido) después de haber pasado un buen rato diseñando un sofisticado sistema de soportes (de cabeza) y de distribución (de extremidades varias) en el sofá, la interrupción es un auténtico coñazo.

Y ahí me quedo yo, con el bastardo de Ned Stark congelando en la pantalla a la espera de que vuelva Maromo, pensando que cuando volvamos a mi ciudad en X años (despeja la X dividiendo lo jodidamente bonito que es todo aquí por la morriña de la tortilla de patatas de mi padre) con semejante ceñimiento a las reglas morales y cívicas, a nuestros niños los Johnnys cualquiera de su colegio no les van a dar tregua.

Hasta que una mañana salto a la calle, calentando ya los codos para el inminente tranvía, y de manera absolutamente inesperada uno de mis vecinos me hace pensar que puede que no todo esté perdido y que quizás, solo quizás, mis hijos-to-be tengan alguna oportunidad de salvar el cogote.

coche

Elija usted mismo mi hora de llegada, señor multero.

horas

Le encanta que los planes salgan bien

¿Cómo es la picaresca en tu país de acogida? ¿Y cuánto de Lazarilla de Tormes tienes tú?

5 comentarios en “La picaresca holandesa, o la absoluta inexistencia de la misma

  1. Qué interesante! Toda la vida estudiando en clase de literatura lo de la picaresca española, pero hasta que no he visto el contraste con otra cultura no lo he comprendido.

    Ah! Lo de intentar conseguir un descuento por la blusa sin botón NO es picaresca; aunque les extrañe en ese raro lugar en el que vives.

  2. Maromo hace pis sentado? Jiji!
    Aqui en Bulgaria la picaresca es parecida a España, no son tan ingenuos como los holandeses, parece. Pero al menos los taxistas no te la clavan al ver que no eres de aqui

  3. Nada más llegar a mi ciudad de acogida, fui a comprar las cosas básicas sin las que uno no puede vivir… toallas. Lógicamente cogí las que estaban de oferta, pero al llegar a la caja, el descuento no salía al pasar el código. Con toda mi inocencia le digo a la cajera, sorry, es que estaban rebajadas, en lugar de $14.99 eran $9.99 las grandes, y en lugar de $8.99, $4.99 las pequeñas. Le puedo indicar el estante en el que están para que lo compruebe.
    Y me dice: ‘no hace falta’, cambia el precio, y me da el cambio. Eso se avisa! Y me saco las toallas todavía más baratas…!!

    • Jajajaja, esa es la actitud! Hace poco fui al súper con Maromo (hacer la compra en pareja debe ser la primera causa de divorcio en el mundo desarrollado…) y la cajera nos cobró unas setas muy caras a precio de champis. Yo me callé como es debido. Maromo, en un arranque de bofetadismo, le dijo que se había equivocado. Pues la tipa nos dijo que había sido culpa suya y que nos las dejaba con el precio inferior. Te imaginas eso en Spain? No dejes de contarme tus experiencias, que estoy intrigadísima… 🙂

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