Spin off vacacional Vol. 2: París era una siesta

PARIS

En general soy muy fan de los productos de belleza naturales. Me imagino como una de esas mujeres que resultan guapas sin maquillar, con una corona de flores (cualquiera de Lucía Be me serviría) y haciendo la croqueta en un campo de lavanda de La Provenza junto a un carlino llamado Napoleón (tan chiquitín y tan lleno de ambición). Hasta que abro el tarro y aquello huele a ombligo de Troll.

Y si te preguntas que a cuento de qué viene ésto que nada tiene que ver con el título y que cómo es posible que en mis fantasías aparezca un perro cuando yo soy muy de gatos, pues bien, la culpa es de París. Porque allí es donde siempre he ido a comprarme los huerto-potingues. Y porque siempre me ha fascinado que hasta las camareras del Burguer King lleven sombra de ojos malva y encajes a las 9:55 am. Quizás es porque he visto ya demasiadas veces a mis gatos lamerse el ojete, pero es ese tipo de glamour el que asocio con los perros.

La primera vez que llegué a París me sentí pequeñísima. Como una de esas actrices que tienen un papel ínfimo en una peli y en los créditos finales aparecen citadas simplemente como “random girl”. Todo era grande y majestuoso, incluyendo a los dos amigos franchutes con los que viajábamos mi amiga y yo.  Esa misma noche descubrí que normalmente un tío grande viene acompañado de unos ronquidos todavía más masivos y me preparé para no dormir en los siguientes 5 días (y preferiblemente para no ahogarles con la almohada).  Extenuada y con un look muy María Antonieta (post-guillotina), me pasaba las noches en el bar del hostal bebiendo tequilas con un mexicano que me decía que me quería exportar a su rancho. Para que por la mañana mis amigos me miraran con esa cara de “aaaayyyy, pillinaaaaa” y yo me imaginaba que el croissant que descansaba en el plato del desayuno cobraba vida y se aferraba a sus cuellos con sus diabólicas patitas hojaldradas

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Historia de dos ciudades (y una de ellas huele a culo)

taleof2citiesQue me perdone Dickens por profanar una de sus obras metiendo un “culo” (no joke intended), pero he pensado que siendo Agosto ésto no lo leería ni el tato.  Me hubiera gustado también haber escrito una de esas intros súper molonas que hacen que te olvides de que tienes un pastel en el horno, un bebé/ adulto entre tus pechos o manejas maquinaria pesada después de haberte tomado un Paracetamol. Pero sí puedo decir que estás a punto leer la historia del vil secuestro de un gnomo y de cómo una vez me desmaquillé los ojos con salvaslips con mucha determinación mientras Maromo me repetía que me iba a quedar ciega. Sigue leyendo